Desde pequeño, mi madre siempre me ha dicho que soy muy ‘cabezón’. ‘-Es que cuando se te metía algo en la mollera, no había quien te lo sacara, hasta que al final lo conseguías por cansino’, me dice siempre. Me lo echa en cara, pero hasta ella reconoce que esa misma perseverancia es la que me ha llevado a estar donde estoy hoy. Y también a ser quien soy. 

Porque siempre crecí en una familia totalmente normal. Mis padres no son artistas, ni grandes empresarios, ni deportistas. Lo que sí son: muy trabajadores. Así que me tuve que descubrir a mí mismo. Descubrir poco a poco lo que me gustaba, que aunque siempre me decían que tenía que ser algo de ciencias, tuve que empeñarme en que me dejaran tirar para el diseño y la ilustración.

De alguna manera, esa cabezonería no era más que tener mucho espacio para ideas, y  una gran intuición y olfato, que ahora también pongo al servicio de los trabajos que hago. Porque si algo me obsesiona, son las ideas brillantes y las historias bien contadas. Así que, cuando recibo un encargo, no paro hasta que consigo dar con ese concepto que hay que contar, poniendo la ilustración y el diseño siempre al servicio de la idea, y no al revés. 

Si algo no impacta, si no es memorable, no merece ser contado. Pero hasta en la cosa más cotidiana hay algo mágico y relevante, solo hay que encontrar la forma de contarla. Y según mi madre, soy la persona perfecta para ello.